BerreosAlviento

http://www.youtube.com/watch?v=5TH56qRnlU4

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   Cada día es tan nuevo, que da como cosa pensar que teniendo una caducidad tan corta lo usemos mal. Es muy curioso, pero día que se va no vuelve, ni nosotros volvemos. Aunque en nosotros todo queda. Qué cosas.

   Un día aprendí que el sol sale para dar comienzo al día estemos o no estemos. Qué a él, le da un mucho igual nuestra presencia, casi de la misma manera que no importamos a tantas otras. Aunque a veces, por ese no saber, por saberlo, quizás hasta dabas un cachito muy grande de algo tuyo por eso: por saber y tener una explicación a esa pregunta que tanto necesitas su respuesta.

   Me impresiona como con el pasar del tiempo hay cosas que dejan de tener importancia, mejor dicho, se la quitamos. Por tanto no creo que usemos mal el día. Me da que ganamos tiempo a cada paso donde él, el tiempo, nos va quitando espacio en ese continuar tan limitado y con caducidad como es el tiempo de un humano.

   Mi abuela decía que somos infinitos, pues con eso de ser todos de la misma especie, es como si cada uno fuéramos parte del otro; aunque en sí no estemos tan unidos como para contar como tales. Por tanto, claro, mejor qué tomemos como individuos cada uno una dirección aunque esa dirección nos lleve a ser grupo: tu grupo,  y no pensemos estas cosas de que pertenecemos a un grupo de desconocidos, o ese somos grupo como vecinos, incluso con ese que no te llevas bien, y esto, nos lleve a sentir que somos como esas figuritas: muñecas katiuskas, qué a la larga, estos pensamientos hacen mucho daño, sobre todo, si miras cada día con qué toca tropezarse, pues tendemos a pensar: me quejo de esto que dice y hace ese otro, y eso no lo tengo ni lo hago. Cosa poco cierta.

   Ella siempre se sintió a la sombra de mi abuelo, él era el genio, ella, la envidiosa: pues según ella nunca la escuchábamos, ya que era a él, al abuelo, a quien prestábamos toda nuestra atención y a quien entendíamos e interpretábamos muy bien su sentir. Se quejaba de que nunca la entendíamos, pero si le contaba su historia con algo de mi abuelo, entonces era cuando me decía: “Tú si me entiendes, menos mal que hay alguien” Pobre, ella no era así, pero se identificaba; y ejke tan solo le contaba las cosas de mi abuelo pero cambiándole el género. Lo curioso ejke le servían, creía que era así. Aunque lo cierto que mucho de lo mejor de mi abuelo si asomaba era gracias a ella.

   Hoy me siento un poco como ella en plan incomprendida,  y eso que yo no callo, ni necesito me digan que no soy, ni méritos, ni que me valoren. Afortunadamente si algo me sobra es conocerme, incluso más de lo que deseo. Pero es muy curioso como lo que hemos escuchado, un día, como si llegara de la nada la explicación, con ella, de repente aquello cobra sentido y se entiende.

   Hoy entiendo mejor que nunca cuando ella me contaba esa entre: soledad, decepción y sensación de pérdida de una misma cuando ya el futuro es lo menos importante. Pues me aseguraba que llega un momento qué lo que importa es lo que vas creando a tu alrededor, qué sin ello te mueres, pero por ello dejas de ser para pertenecer a un grupo donde te acomodas a lo que son los demás para ser eso: como figuritas katiuskas que encajan perfectamente, pero, es como si dejaras de ser tú. No por qué no seas tú, sino por esa pérdida de elección individual, ya que, en un grupo todo se convierte en un sentir individual pero unísono para un colectivo.

   Ella, mi abuela, no era una mujer guapa, su carácter era su mejor, encantadora y a la vez, su más molesta baza. Lo mismo te sentías a tu lado lo más cuidado, qué lo más torpe y despreciado, tenía esa cualidad. Nunca decía qué necesitaba, procuraba abastecerse sola; con esto aseguraba qué no debía nunca nada, pero también decía: “Cuando necesites cualquier cosa de alguien, y no eres bien recibida, págalo”. Aseguraba que todo tiene un precio.

   No sé, supongo que mi abuela tenía razón y todo tiene un precio, y unas veces pagamos caro por nada y otras, conseguimos verdaderos tesoros a muy bajo precio.

   Hace nada me contaban que ha muerto un señor. Murió casi cantando, ya que al día siguiente de un cumpleaños, tras una gran fiesta donde no paró de cantar jotas y rumbillas, el día le concedió ver el sol, pero no superó la secuencia de infartos consecutivos. A este hombre le vi la última vez que estuve en el pueblo, me contaba que daba algo muy bueno, incluso su vida por saber una respuesta a algo que le llevaba intrigando desde muchos años atrás. Hablé con él… lo vi muy preocupado, le incité a qué preguntase…, y ahora, él que se confesaba feliz y ya muy tranquilo, me pregunto si tuvo la respuesta, y si por ella pagó gustoso el precio.

  Quizás tiene razón mi abuela: hay cosas por las que merece pagar un precio. Lo que no sé es hasta qué cantidad.

Imperio

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Una respuesta a BerreosAlviento

  1. Ana Azul dijo:

    Pues depende, cada cosa vale diferente. Ese señor que dices, pues seguro que encontró la respuesta. Estoy convencida de que un microsegundo antes de morir se nos contesta a todo. Y en cuanto a tu abuela, pues tenía todo el derecho a quejarse. A mí, eso de lo políticamente correcto, a veces me cansa, y lo de la modestia, Pues mire, no, si necesito mimitos (como Rubalcaba,je,je) pues los pido y me quejo, que ya estoy harta. Pus tu abuela igual. Besos
    Ana

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