Berritesorosencuento

      Unos años antes de morir; mi abuela me dejó en herencia un gran tesoro mágico: un huevo de madera para coser calcetines. Al entregármelo, como si fuera su posesión más importante, de hecho lo era, me dijo que si alguna vez lo usaba una vez faltase cerrase los ojos y si me acordaba pensara en ella; asegurándome que si así lo hacía era ella quien heredaría algo de mí.

      Mi madre, extraño en ella permitió que lo tuviera, pero después, también años antes de morir me regaló un alfiletero que fue de su madre: “No se lo digas a nadie que tú lo tienes” y así lo hice, pero un día tras tanto preguntar mi madre por él se lo mostré. Quiso quedárselo y por no pelear con ella se lo di, pero mi abuela le dijo que era mío y de nadie más.

      Lo guardé y de vez en cuando hoy que ella falta,  ambos objetos no ejke los use, pero los sostengo largo rato entre mis manos y, no sé si mi abuela heredará algo de mí, pues lo cierto ejke yo de ella mucho, incluso mucho más de lo que jamás pude llegar ni a imaginar, pues es tenerla cerca cada vez que los sostengo.

      Hubo un tercer objeto también mágico el cual toda la familia tuvimos tras su muerte que intentar abrir para que, así, quien lo abriera fuese definitivamente su dueño.

      Siempre nos aseguró que, salvo por su antigüedad y ni tan siquiera por ello, el cofre en sí no tenía ningún valor, salvo que dentro de él se guardaba como tesoro  la vida,  en símil la de cualesquier humano.

      Mi abuela aseguraba a todos que la única candidata a tener el cofre era yo, pero que debería pasar la prueba y mi turno para abrirlo sería la última.

      Cuando murió tras ver a sus hijos como cuervos ir tras sus posesiones; no tenía ninguna gana de participar como aves carroñeras en la recogida del tesoro. Con la insistencia de todos: hijos, nietos, nietos políticos y biznietos acudí a la cita. Me coloqué en el último lugar tal y como ordenó mi abuela. El cofre tenía marcas de que ya habían intentado abrirlo, y mucha fortuna no podía contener, pero por pesar, pesaba mucho, así que, todos fantaseaban con poco menos que diamantes.

     Mi prima muy enfadada por qué según ella solo recibió de la abuela una pulsera de oro y un collar de perlas, qué seguramente yo tenía reservadas mejores cosas y eso no era justo; cosa que el resto de primos, que también heredaron incluso nietos políticos, y menos biznietos por ser muy pequeños, opinaban lo mismo: qué no era justo que ellos tuvieran objetos de bajo valor en comparación de lo que yo iba a recibir; que para ser simplemente una de sus nietas fuera quien tuviera lo más valioso, incluso sobre sus hijos.

     La mujer de mi tío, también enfadada por heredar de mi abuela un collar de perlas, dos anillos y una pulsera de oro al igual que mi madre hija única y el resto de mis tías; fue la encargada de organizar el tiempo de cada uno delante del deseado cofre.

      Y así fueron pasando cada uno de mis tíos con su familia para intentar abrirlo, ya que no tenía llave. Incluso mi sobrino hijo de mi hermano, el mayor, y la hija pequeña de mi prima con apenas meses la pusieron frente al cofre a toquetearlo para intentar su apertura.

      Todos: hijos, nueras, nietos, nietos políticos y biznietos heredaron de mi abuela pertenencias con un valor económico, sin embargo a pesar de escuchar que todos habían recibido joyas era extraño, pero me sentía la más afortunada de todos pues fui la única que tuve lo más importante: conocerla, saber quién era.

     Cuando tocó mi turno; mi madre, que ya tuvo el suyo, quiso inténtalo de nuevo. Rabiosa lo empujó por el suelo asegurando que tenía que ser para ella e intentó darle una gran patada, pero mi padre la detuvo y como todos lo habían intentado sin ningún resultado, mandó salir a mis hermanos, cuñada y sobrino de la habitación; y junto con mi tía nos quedamos los tres.

      Mi padre le aseguraba a mí tía que yo iba a repartir el contenido del cofre con todos, preguntándome si así lo iba hacer, puesto que, la casa y las tierras eso es normal que fueran de los hijos, dijo, pero que un reloj como el que le dejó, que eso era de él, ya que era de caballero pero si yo repartía, él me lo dejaba. Mi madre no respetó el acuerdo de quedarse afuera y apareció cuando yo estaba frente al cofre para intentar abrirlo; el cual nada más toqué se abrió. Mi madre me empujó. Entre desilusionada y muy contenta: dijo que todo, con amplias carcajadas, era para mí y se marchó.

      Mi tía no pudo por menos que reír también a carcajadas y todos entraron curiosos por ver el contenido de aquel supuesto tesoro. De allí se fueron marchando asegurando que para ser su favorita, fui la más perjudicada de todos, pues en él no había nada.

      Ninguno se ofreció a compartir conmigo ninguna de sus ahora valiosas pertenencias; incluso he quedado para ellos como que mi abuela en realidad me depreciaba frente al resto.

      Eso es lo que todos aún piensan, pero cada vez que lo abro, allí están todos los sueños de mi abuela, todas las lágrimas de sus pesares y todas sus alegrías. Es algo muy fuerte que se nota nada más abrirlo. Es un gran regalo sentirla tan cerca.  

      Una vez, echando mucho de menos a mi abuela abrí el cofre. Al tocarlo por dentro, aprecié una pequeña flecha a modo de trampilla en su terciopelo azul. Bajo este que hace de forro descubrí  una tapa y una especie de resorte que fija todo el contenido al fondo. Miles de notas guardadas en dos carpetas de cuero que mi abuela escribía anotando sus momentos importantes, pesares y decepciones en su vida, así como en un bolsillo apenas apreciable en ese terciopelo azul; una nota grabada en cursiva en una bandeja que pesa mucho y es dorada anclada a uno de los costados del cofre: “La vida es como este cofre vacío qué has de llenar sin que se note”

      En el fondo del cofre: una piedra blanca y lisa que descansa enmarcada en un metal que según un amigo debe ser platino; cosa que ni me molestaré en comprobar, a no ser que un día si tengo hijos sean ellos quienes elijan saber su valor. Porque, en esta losa reza una inscripción escrita con incrustaciones de creo que cristalitos azules, rojos, verdes y transparentes todos ellos muy brillantes, y pienso que esta, la inscripción, es la verdadera herencia que me legó mi abuela: “El valor real no existe, lo otorgamos”

Imperio

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2 respuestas a Berritesorosencuento

  1. mirta dijo:

    Esto es real????
    me emocione…..ahi tenes el valor de las cosas
    cariños…
    mir====

  2. Ana Azul dijo:

    Precioso cuento, que no sé si es real o no, pero que describe perfectamente el verdadero interior de las personas. Como dice el dicho “Sölo los limpios de corazón, encontrarán el camino”. Y tu, lo has encontrado. Besos
    Ana

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