BerriPeleasencuento

     Llevaba días en que todo se le caía encima cuando entraba en la cocina. Mejor reírse de la mala suerte, pensaba. Incluso en esos ataques de rabia que produce la impotencia al ver que todo caía a su paso sin poder hacer nada, y tanta era, qué hasta llegó a pensar en  supercherías y derramar sal para que de una vez se desencadenase en algo contundente contra lo que poder luchar.

     Tras la puerta de los armarios altos de la cocina mientras limpiaba y ordenaba comenzando a preparar la comida sobre la encimera. Un pequeño y creciente alboroto se notó dentro de la puerta donde guarda las tazas, pues estas comenzaron a bailar a ritmo de terremoto, qué como es transparente con la ayuda de un cristal le sobró echar un vistazo y allí dos botes de palillos se movían sin cesar.

     Al abrir la puerta se escuchaba claramente el tumulto de la contienda ya algo más que verbal. Era tanto el alboroto que, del bote con abertura, uno de los palillos saliéndose por esta increpaba a los del otro bote y, a su vez, los compañeros del mismo bote increpaban al que estaba preparando tal bronca. Los otros, los del bote cerrado, muy enfadados saltaban todos a la vez para intentar empujar al palillo que tanto les estaba insultando.

     Cuando se dieron cuenta de que ella había abierto la puerta: los del bote cerrado pararon en seco, pero los del bote abierto por culpa del que provocaba toda la bronca no cesó de moverse.

     Al caer en la cuenta de que ella los estaba mirando, todos se asustaron menos él, el broncas; qué salió del bote muy gallardo y desafiante intentando más derecho de lo que ya estaba provocarla.

    -Y tú que miras… balbuceando un bravucón insulto imposible de entender. Alzando mucho la voz en un acento que sonaba a demasiado del norte.

    -Qué voy a mirar si me va cayendo todo desde hace una semana en esta cocina y, ya, pensaba que era por alguna mala suerte. Por cierto, ¿de dónde eres que suenas raro?

    _ De la Taiga a mucha honra chiguita, con una entonación qué bien podía ser cualquier cosa menos lo que decía. Mientras el bravucón palillo continuaba con gestos muy provocativos desde dentro del armario hacía ella.

    _ Pues para ser de allí, dichos de aquí ya dices. Y girando con cuidado el bote de palillos abierto; por ver donde estaban fabricados y, al no encontrarlo al primer vistazo los dejó de nuevo. Pero en vez de en el armario fue sobre la encimera. Quedándose el peleón muy solo con los del bote cerrado negociando entre sí para empujarle y que cayera al vacío; mientras las ya calmadas tazas miraban boquiabiertas.

    _ ¡Y a ti qué coño te importan mis dichos enorme masa repugnante!

   _ ¿Cómo me has llamado? Dijo ella aguantándose la risa.

   _ Repugnante, sacando la lengua y colocándose en posición de lucha para pincharla al grito “Te daré muerte Riojana” y de un enorme salto quedó desafiándola en posición de lucha sobre la encimera.

   _Pues no has venido tú de poco lejos para intentar matarme. Mientras otro palillo le saltó a la mano diciéndole: “Úsame y acabemos con este mequetrefe” con un acento más de esta tierra.

     Y el trío, con dos combatientes dispuestos a la máxima consecuencia se enzarzaron en una pelea casi a muerte. Sobre la encimera, ambos palillos al chocar uno contra el otro, sonaban casi a estruendo de espadas. La vida de todos los contendientes corrió enorme peligró durante un buen rato; qué de no ser por qué sonó el timbre y ella le sugirió al malhumorado palillo boreal que la esperase pues debía atender la puerta, qué él, en eso sí, muy educado la invitó a atenderla y la esperó secándose el sudor que le corría abundante por su estirado cuerpo.

     Cuando ella regresó de nuevo a la cocina: fruto del brutal combate se extendía por toda ella un aroma a madera húmeda. El retador qué en la lejanía parecía tranquilo, al verla llegar se incorporó mostrándose de nuevo muy enrabietado y ansioso por comenzar de nuevo la pelea.

     Ella al verlo llenó de rabia, sin pensárselo dos veces, se puso en posición de esgrima con el palillo que quiso ayudarla entre los dedos intentando aguantarse la risa que, inevitable asomaba en casi carcajada ante la desigual pelea; casi pensando en dejarse vencer.

     Era impresionante la muestra de bravura del pequeño y escuálido palillo, tanto, que por un momento por poco le invita a pinchar, al menos, un pepinillo relleno de anchoa como símbolo de paz.

    Aún con todo, mirando al bizarro palillo, estuvo dispuesta a empezar. Cuando el retador quiso lucir de experta espada; dando tres desafiantes saltos llegó más allá del borde de la encimera. Tal saltó dio que no calculo bien el terrible precipicio que se abría ante él y saltó al vacío quedándose muy aturdido sobre el suelo.

     Muy asustada al ver la caída; tan rápida que ni pudo detenerla, dejó al palillo que llevaba entre los dedos posándolo sobre la encimera. Dándole las gracias por su ayuda e inmediatamente intentó reanimar a su insaciable enemigo que andaba en el suelo magullado.

     Al despertar el aguerrido palillo; se sintió tan avergonzado que, arrastrándose con saltos ufanos, llegó hasta acercarse a la basura gritando a pesar de su dolorido estado en alarido bravo: “Sé cortes, abre la puerta y deja que desaparezca con honra para no continuar con esta humillación.” E inclinándose con  gesto caballeroso, en voz muy firme exclamó: “Me has vencido Riojana.”

     Ella lo recogió del suelo y lo dejó sobre la encimera. Mientras subía en su mano intentó pincharla. “No me has vencido del todo” susurraba entre dientes mientras se desplomaba muy agotado e intentaba levantándose con ingente esfuerzo pincharla de nuevo.

    Pero, provocaba tanta ternura que, a ambos, a su terrible enemigo aún obnubilado por el tremendo golpe y a su caballeroso ayudante qué aún sudaba del esfuerzo, les cantó una dulce nana.

     Cuando estuvieron dormidos bajó la basura a la calle. Dentro los dejó envueltos en papel de plata para que al despertar se desprendieran fácilmente de su envoltura, y así, pudieran emprender otras aventuras allá en el vertedero municipal.

     Desde ese momento no se escuchó ni se sintió un movimiento más en toda la cocina. Desde ese día reinó de nuevo la calma.

Imperio  

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2 respuestas a BerriPeleasencuento

  1. Ana Azul dijo:

    Como soy muy fantasiosa, siempre que no encuentro algo, pienso que se ha perdido sólo o se esconde cuando yo no estoy cerca. Estoy convencida (o así quiero estarlo, para no perder mi niñez) que los objetos cobran vida cuando los humanos no estamos cerca. Me ocurre mucho, sobre todo con los calcetines. Ja,ja,
    Besitos
    Ana

  2. puck dijo:

    Me transmitió esa ternura que plasmaste por el palillo. Es bonito para aplicarlo en la vida real, ojalá pudiera llevarlo a la práctica.
    Besos reina.

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