Berrira

Hoy estoy cansada, me levanté muy pronto, desayuné, abrí  y comencé a leer muchos e-mail que tenía retrasados, y me siento tan triste de ver que todo el miedo que llevamos, todo empieza y acaba con el mismo nombre: Ira, y con un nombre tan simple, hay que ver el juego que da.

Seguramente estaré equivocada en todo lo que siento, pero ya creo que, demasiadas veces la ira, sin pretenderlo, irá labrando los edificios que somos, y ejke, cuando algo se rompe dentro de nosotros; la dejamos pulular libremente y como el aire y el agua erosionan la piedra, nos carcome tanto, que por fuerza llega un momento donde todos los componentes de la piedra, por mucho que intenten permanecer inalterables, esa ira, será el disolvente qué como el agua llega a todo donde ella, la piedra, se cree más fuerte, la disuelve y hace perder los cimientos, y el orgullo, que la piedra creía tener al ser tan fuerte,  lo hace renacer herido y el mismo aire trasladará nuestra arena para golpear lo que tanto escondemos y, a nuestro sentir la piedra que creemos ser, como tal guardó nuestro secreto.

Ese que, a veces, nos negamos a reconocer, y me da, que todo es cuestión de orgullo, y este, no es otra cosa que la lanza que arbolamos contra el más terrible de los miedos: nuestros sentimientos, los que no queremos que nos toquen, esos que, llega un pequeño sonido que silencioso nos lleva a soñar, y cuando se rompe, cuando no podemos acércalo como una flor para olerla y quitarle los pétalos en un sí o no a nuestro antojo, pero dueños, nos desmoronamos…y  en vez de crear, destruimos.

Tantas cosas por hacer y no las vemos, tantas por sentir y nos negamos, tantas que, me da por creer que somos tontos, tontos de remate, ya que, cuando llega una “desgracia” (pues todo lo que nos desequilibra lo es), y cuando llega esta, la verdad sincera, la nuestra, con todo su bombo y platillo perceptible solo para nosotros la negamos, o a todas luces la acogemos como augurio y símbolo de mil malas suertes y que todo está simplemente en nuestra contra.

Con esta, con cualesquier desgracia nuestra, noto que mantenemos dos opciones casi las mismas, o gritar, desbarrar, y unirnos, para reunir nuestros pedazos y solucionar problemas para ser fuertes, y a veces pienso, que lo único que sabemos hacer como adulto es intentar resolver problemas negándolos o haciendo algo grande, pero por mucho que tapemos siguen ahí, pues ya llego a pensar aunque me equivoque, que creemos que, obviando, dejando de sentir, cambiar los sueños y anhelos por odios o persecuciones, así, me da que es como que los solucionamos.  O simplemente,  tomamos el camino fácil y optamos por caer en el más hondo abismo y dejarnos llevar por la rabia, una rabia callada que gritamos convertirla en ira, aseguraremos un soy bueno, y en realidad vamos dejándonos, con ella, disolver por las mareas y el agua de la vida, llenándonos de tantos recovecos putrefactos; que a ver quién será el aire que sanee y cure todo eso que hemos acabado destrozando simplemente por no ser los dueños de romper y aniquilar todo eso que en secreto, simplemente amamos y deseamos con todas nuestras fuerzas.

Y ejke creo que podemos sentir que todas las bases del mundo controladas, asimiladas, llenarnos de paciencia, pero siempre hay algo, un pequeño punto, ese que nos negamos a reconocer que es, y nos disuelve, nos convierte en antojos de tristeza que como globos sube y sube hasta la estratosfera de la ira, y allí, en el ras de suelo, en el lugar donde nos creemos fuertes, mostramos eso, una imagen fuerte, indestructible y, nada más llegamos a nuestro rincón, ese donde no nos ve nadie y allí, creamos venganzas y, entre las rabias, entrenamos alegatos tiernos y románticos, que al más puro estilo, inventamos, idealizamos horrores, y entre ellos, machacamos mentalmente contra quien creemos deudor de nuestra desgracia, de nuestro enfado, de nuestra sin razón; qué por muchas razones lógicas que acojamos y pongamos a nuestro recaudo son tan vanas como no reconocer que eso que odiamos, en realidad lo deseamos y lo amamos con todas nuestras fuerzas.

Y todo, sospecho que, es tan simple como negarnos a ver qué hay detrás,  y al no decirnos la verdad;  esa que anida dentro de nosotros mismos, aunque sé, que una vez no nos mentimos, frente a ese espejo que existe al cerrar los ojos, si somos capaces y en vez de lucir orgullo y crear la ira como arma y defensa, pues hacer algo tan simple como darle la vuelta y reconocer que el amor y el odio, son tan iguales que, el salvarnos o dañarnos, depende de un pequeño punto equidistante: la posesión de lo que amamos.

Lo curioso ejke cuando nos negamos a reconocer qué sentimos, en ese intervalo de negación ya albergamos odio, y sin saber bien qué motivo lo provoca: lo lanzamos en escupitajos irónicos para ese quien nos desequilibra la paz, esa tan nuestra que conseguimos entre retazos de olvido, dejando la realidad para cualquier momento y poniendo ese muro de batalla con ese estoy bien colocado como bandera.

Lo divertido, ejke cuando más odiamos más activos estamos, o más llenos de miedos y esperanzas que asoman pareciendo que hacemos cambios en nuestra forma de ser, de sentir; con ello, aparentemente vemos paz y hablamos de ella cuando dentro hay mil guerras, y con todo esto, simple, nos entran más ganas de comernos el mundo,  pero no recurrimos ni nos damos cuenta que, cuando llega ella, doña ira, es cuando más necesitamos eso de dentro, la fuerza de tantas experiencias, el no dañar a nadie para así, no dañarnos como prebenda de ese tiempo que desde que nacemos, siempre olvidamos el conocernos primero, quizás por aprender por imitación, llevar el dolor de otros sin saberlo, y ser, muchas veces solo lo que vemos o querer ser para qué nos aprecien por ser los mejores, pero, si después de ese primero de qué verdad llevamos, nos aplicamos aquel donde la caridad empieza por uno mismo, y en vez de protegernos, y con ello acabamos lanzando y creando más odio, obviando que, si fuésemos capaces de darle la vuelta y decirnos qué es lo que sentimos, creo que la tristeza debería irse, pues ella es aliada de la rabia y con ella, la autora de nuestros desquicios, falsas alegrías, cambios enormes y magníficos en nuestra vida, tan falsos como la falsa moneda, que pasamos de una mano a otra, y como nos quema, ninguna de nuestras manos se la queda. Creo firmemente que no cuesta nada reconocer lo que amamos, aunque jamás sea nuestro.

Sé que todo lo que nos daña, se convierte en miedo, y a su vez, en eso que nos hace tambalearnos, protestar, traumatizarnos, buscar ayuda y destruir incluso lo más bueno que tenemos, pero sé que detrás solo existe un sabor a fracaso que nos inunda, pero cuando lo transformamos en silencio, o a gritos, en ira, diciendo mil y un vocablo bonito para revestirla y hacer creer que no la tenemos, incluso inundamos con pensamientos serenos para no verla; ella, la ira, irá haciendo soterramientos en el más claro de nuestro paisaje y derribándonos por dentro.

Creo que no cuesta nada ser francos con nosotros mismos, cantarnos las verdades del barquero, que no  se trata de poseer todo lo que deseamos, ni de ser los mejores, ni los más bravos y valientes guerreros, y así, no tomando el fracaso como trauma, sino como un simple paso más que damos en la vida y sin que asome el orgullo para defendernos y quedar por encima, sospecho que, será entonces cuando el mundo de los sueños, los nuestros, los incluso comunes y como demasiadas veces nos esperan contándonos que llevamos dentro, lo negamos, es más simple, y así ocurre, que por la ira, esa que negamos tantas veces, no iremos haciendo camino ni llegaremos a eso que tanto necesitamos, tan simple como querernos y que nos quieran, porque a amar se aprende amando, y a odiar, es curioso, pero también se aprende amando, o más triste, con el fracaso, que tapamos con ira, de esa amable o con saña, por no conseguir lo amado.

Hace mucho se decía: “si escuece, cura”. Y lo que nos daña, como escuece sin duda algo nos sana por dentro, pero, como saber que herida sana, si lo no conseguido es un fracaso en la historia del humano.

Me temo que no he conseguido calmarme, y no pienso releer, ejke me duele la ira reprimida, transformada, camuflada…, en fin, me piro… siempre he sabido que soy dueña de lo que amo, pero, tengo tan claro que jamás seré dueña de que me ame lo que amo. Es más, si pretendiese ser dueña, la ira sería mi maestra.

Imperio

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5 respuestas a Berrira

  1. María R. dijo:

    Buenos días.
    Creo que todo lo mueve y provoca el orgullo o amor propio, o el ego como se dice ahora,
    si nos importase menos lo que opinan, sienten o critican los demás, seriamos mucho más felices, !pero el dichoso ego! hasta a el amor que sentimos quiere ponerle su marca.
    Besos y buen finde festivo

  2. puck dijo:

    Creo que es tan difícil sujetar la ira una vez que sale… y puede que venga de guardar miedos o tristezas, que mal digeridas, acaban por explotar, y cuando sale yo no sé como se para, quizás anticipandome a lo que podría venir después de la explosión, nada bueno, se podría resolver con calma mucho mejor, pero entra en juego el orgullo, el tener la razón, bendita razón que todo el mundo la quiere, y yo en uno de esos momentos, para después quedarme con sensación de vacío, claro, lancé toda mi mierda, y de haber perdido el tiempo, pudiendo haber sido un tiempo más bonito.
    Besos reina.

  3. Aniña dijo:

    uno de los peores sentimientos qe existen: La ira.

  4. Ana Azul dijo:

    La ira no es buena compañera pero cuando se empeña en instalarse a nuestro lado nos transforma por completo. Suerte que no dure por siempre.
    Chao guapa
    Ana

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